Las ideas netamente monarquistas que desde los comienzos de la Revolución de Mayo opusieron los políticos bonaerenses a los planes republicanos de Artigas, y que en 1819 estuvieron en auge con Pueyrredón, no desaparecieron tras la cruzada de los Treinta y Tres y la reconquista de las Misiones por Rivera.
 
De una nota secreta del Ministerio de Negocios Extranjeros de Francia, datada en París el 1° de Mayo de 1819, se colige que aquellas ideas entraban en un plan dividido en tres puntos esenciales: «1° El de tratar con Buenos Aires y establecer allí una monarquía bajo la protección de España; 2° El de pacificar Venezuela y toda la parte de tierra firme, haciendo algunas concesiones políticas y comerciales; 3° El de unir Perú y Mexico a la Metrópoli bajo la égida de un sistema de administración y de comercio más equitativo respecto a los indígenas que el que España empleaba desde tres siglos atrás»
 
Las dianas triunfales de Junín y de Ayacucho, junto a los sucesos que para aquella época se desarrollaron en Mexico, desbarataron ese plan, más no murió la idea cuando, ya proscripto Artigas, otros caudillos menores se disputaban su herencia en el Plata. La anarquía, fruto de esas disputas, semejaba propicia al desarrollo de planes monarquistas, y la situación de la Banda Oriental terreno adecuado para sentar sobré él un reino. Mientras América seguía convulsionada, ministros europeos incubaban, en el silencio de sus gabinetes, proyectos de reconquistas morales en su nueva competidora latina, y hasta los diputados de sus respectivas Cortes hacían trabajos para facilitar tales Veleidades agresivas.
 
Explotando las pasiones del momento, ciertos políticos franceses querían justificar sus deseos de ingerencia en los asuntos de América, sacando a lucir el fantasma de la rival Inglaterra y olvidando, como lo hiciera antes Chateaubriand, el estado por el que entonces atravesaba el continente de Colón, daban por tarea fácil, la de establecer en tierra de Artigas, de los Treinta y Tres y de Rivera, que contaba ya en su favor las victorias de Sarandí, Ituzaingó y las Misiones, algo así como un principado lampón o neutro, de donde, como por vía de milagro surgiría una nueva y pequeña Francia.
 
El 1° de Mayo de 1828, el francés Mr. de Lainé de Vellévéque, diputado del Loiret, presentó, en efecto, un proyecto en el que, después de algunos considerandos tendientes a explicar por qué su plan debía ser agradable al Brasil, a la Argentina y a Francia, rival siempre de Inglaterra, escribe: « El príncipe de Lúea ( su candidato para el trono de la Banda Oriental) que a la muerte de la archiduquesa María Luisa tendrá los más legítimos derechos a la herencia de los ducados de Parma y de Plasencia pondría a Francia en circunstancia de poderlos cambiar con S. M. sarda por Niza y Saboya, o mejor por la Sardeña misma». Y después de ir relatando los beneficios que a su pais reportarían esos cambios, agrega: < Así, pues, en el interés del Brasil y de la República Argentina, en el interés de Francia y en el de la España, todo parece impulsar a los ministros del rey a realizar por negociaciones activas, confiadas a hombres inteligentes, un proyecto cuyos resultados presentan tantas ventajas, que honrarían al ministro y cubrirían de gloria el reino de nuestro augusto monarca».
 
Lainé de Villévéque creía que para impedir que Inglaterra ocupase a Montevideo y a Maldonado, era necesario que Francia se interpusiera como mediadora entre el Brasil y la Argentina. Algunos sacrificios pecuniarios llevarían a estas naciones «a renunciar a la posesión del territorio en litigio y a consentir en que allí se estableciese una monarquía hereditaria independiente». Porque, argumentaba también el entusiasta representante, «el Emperador del Brasil, aunque fatigado de una guerra larga y ruinosa en la que ha soportado reveses, no consentirá jamás en abandonar esa vasta posesión a la República Argentina. Esta se haría en ese caso un estado demasiado temible por el acrecentamiento de poder que con ella adquiriría. Además —proseguía el proyectista — creando allí un nuevo reino intermediario independiente, que la similitud de gobierno y el parentesco de las dos reales familias harían inevitablemente su aliado, le evitaría una Vecindad peligrosa por el contagio de principios, y, sobre todo, por el contacto del sistema republicano con las provincias de San Pablo y de Río Grande de San Pedro». Y, en fin, concluye afirmando que «la República Argentina preferiría por su lado, estar limitada por un príncipe demasiado débil para hacerle sombra y conquistarla ».
 
Quedó en la nada el proyecto que antecede, lio así la idea monárquica, que parece continuó sonriendo a un grupo de hombres de Buenos Aires.
 
Don José María Roxas, en carta que dirige desde la capital argentina al tirano Rosas, en Enero de 1862, le habla de una conversación que en Diciembre del año 1828 tuvo el general don Manuel Escalada con el caudillo Juan Lavalle. Aseguran que éste dijo al primero, refiriéndose a la revolución que acababa de consumarse: « Está Visto que la República es una merienda de negros, que en nuestro país no puede ser. He entrado en el proyecto de establecer una monarquía ; he dado los pasos, y tendremos por soberano un Príncipe de las primeras dinastías de Europa».
 
Dos años después, o sea en 1850, podemos creer que fué Mr. Cavaillon, vicecónsul francés en Montevideo, quién entró en otra intriga, que tenía por fin el de monarquizar precisamente las mismas tierras que siempre unió la geografía, y que Artigas quiso englobar en la gran nación federal que soñara y que intentó realizar en sus arrestos revolucionarios. Propuso entonces el funcionario aludido: « El soberano del Uruguay sería francés y llevaría consigo el número de colonos que creyere conveniente; la aprobación de Don Pedro sería necesaria, y si su hija dejase de ser reina de Portugal, podría hacerse reina del Uruguay, sin muchos esfuerzos, y, con un poco de empeño y otro de tacto, las provincias de Corrientes y Entre Ríos, de fertilidad igual a la Banda Oriental, romperían los lazos que sólo las tenían débilmente unidas a la República Argentina, para formar parte del nuevo estado. « El Paraguay — añade — una de las provincias interesantes de Sud América v que a la muerte de Francia se hallará casi librada a la anarquía, encontrándose como enclavada entre el Brasil y el Uruguay, no titubearía en entregarse a éste, y desde ese instante la extensión y la importancia de la nueva monarquía permitiría trasladara ella tantos colonos cuantos se creyeran convenientes». Y remachaba su propuesta juzgando que « la prosperidad de la que en poco tiempo gozaría el Uruguay, contrastaría con el estado de agitación continua en el que se encontraban todas las repúblicas e influiría de una manera inequívoca sobre el espíritu de los habitantes, los que buscarían ampararse bajo las leyes constitucionales del nuevo estado o formar monarquías separadas para gozar de las mismas ventajas».
 
Los portugueses del Brasil pensaron también en la posibilidad de monarquizar al Uruguay y a la Argentina, aún después de haber reconocido la independencia del primero Pero esa idea de la que se han hecho eco escritores como De la Pope, nunca se supuso muy viable Resultaba de realización más difícil que la que hoy damos a conocer por primeros. En 1838 volvieron los franceses a sus andadas uruguayo -monarquistas. Ellas resultaron siempre frustráneas para los interesados, aunque las naciones rioplatenses que en la Guerra Grande sufrieron de las maniobras político - militares de la escuadra del rey Luis Felipe han sabido y saben, sin duda, el peligro al que fueron expuestas, y del que se salvaron gracias al ciego amor por la libertad, de un lado, y a una tiranía enérgica por otro.
 
Sobre todo eso no ha dicho aún la historia su última palabra.
 
Escrito por: Hugo D. Barbagelata para la revista Anales del año 1917