Dar curso libre a la mirada, dejar que el paso tome el ritmo que quiera sin la premura de llegar a tiempo; esa puede ser una de las formas de la dicha, en es asincopada existencia que llevamos en la ciudad; y es también ése el único estado anímico en que nos es dado penetrar lo que trajinamos todos los días: paredes, balcones, viejas rejas nostálgicas, entrepisos desparejos, oscuras ventanas diminutas, alguna calleja insospechada, aún aguarda nuestro paso.

Con la distracción, un mundo como de sueño toma vigencia en la realidad. Aquí, en pleno centro de la ciudad vieja, donde la calle rincón termina, y en la leve curva en descenso que sigue, empieza Mercedes, la gente cruza entre el tránsito barullento, avanza a empujones desaparece finalmente. En la acera opuesta, el grupo heterogéneo —overoles, nylon. bolsos— renovado sin interrupción, aguarda impaciente la llegada del ómnibus. La mirada va hacia el oeste, por donde ha de venir, o si no se clava en el suelo. Nadie mira hacia enfrente. Esa entrada vetusta cuadrada, empedrada que dice y semeja ser de un viejo garaje, es en los hechos no bien se traspone !un camino vecinal, una “servidumbre pública”!, a pocos pasos apenas de la calle Florida.

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La vieja calle donde guardara sus volantas el General Flores, se estrecha en la media luz del atardecer.

Tramo, restante sin duda, de alguna antigua calleja, o senda de tránsito que fue necesario abrir, en su tiempo, para dar acceso a unos predios que no daban a ninguna calle; o resto de primitivos trazados, que el amanzanamiento posterior fue dejando enclavado, encerrado tal cual está, esta "servidumbre pública”, es una especie de caja empinada, cuya tapa es un trazo alargado de cielo, que la ropa tendida en este y aquel alambre de lado a lado, no deja ver totalmente. Esta jaula, digamos de cinco metros de frente, que luego se ensanchan, por irnos sesenta de fondo, estuvo poblada hasta hace unos años, de la algarabía de los vendedores de diarios que esperaban allí reunidos entre "sol o número”, o improvisadas masas corales, la salida del diario que se imprimía en los talleres que estaban "en el fondo". Y al aparecer el periódico, entre el griterío y las corridas, todo quedaba de pronto nuevamente vacío y en silencio total, hasta el día siguiente, a la misma hora.

Por allí, aguardaban también hasta no hace mucho; los mismos “canillitas”, con igual escenografía, la salida de ”El País”, cuya casa quedaba enfrente, en la esquina de Ciudadela.

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He aqui la enrtrada sobre la calle Mercedes a pocos pasos de Florida. Del lado izquierdo foto del año 1960, del lado derecho 2020.


Recorremos ahora la calleja, descubriéndola en realidad, ya que es uno de los lugares ocultos, sorpresivos, en que Montevideo semeja una antigua ciudad europea. El “pasaje”, con algo de encrucijada cae toscamente hacía el norte, marginado por los fondos de verdaderas moles que se elevan sobre grandes sótanos enrejados, cuyas paredes, increíblemente gruesas, están ahí para atestiguar que él tiempo pasa de distinta manera, pero pasa. Aquellas altas ventanas con barrotes de hierro, son los fondos de una dependencia de la Caja Nacional; este garaje aplanado, que justifica el letrero de la entrada, es donde estaban las máquinas impresoras, cuya mole dejó retorcidos rastros en él piso, como véis; esas líneas actuales, lo más rédente, san los fondos de la firma Stafí; y esto, la casa de artículos cinematográficos, que una vez se incendió...

Todo, con fisonomía dispar, entre apartamentos semi modernos o refaccionados, junto a cajones vacíos apilados aquí, algún auto que entra o sale de improviso, ropa colgada que se balancea, caras que se asoman de pronto en esta puerta o allá arriba, configura en lo raro de esta senda, realmente escondida, algo de lo que parece que son ciertas callejas de lejanas ciudades antiquísimas, que escalan la montaña, o se empinan en la economía máxima de su accidentada topografía.

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Esto que parece de una antigua ciudad europea, es el ángulo norte extremo del clausurado pasaje.

Recorremos, escrutando; penetrando con avidez todo lo que hallamos, paredes, rejas, ventanas, puertas increíbles, y ya desde el fondo mismo; miramos hacia la calle, por donde la gente, que no tiene mucho tiempo para pensar o para distraerse, pasa a prisa o espera el ómnibus en la acera de enfrente.

Aquí guardaba sus volantes el General Flores, dice de pronto nuestro casual acompañante lugareño. Entonces a estas palabras también insospechadas para nosotros, aparece es lo cierto, la silueta barbada del azaroso guerrero, entrando con sus tropas por el flanco de la Plaza Constitucion, frente al Cabildo...; se embanca después, no se sabe para qué, en la Triple Alainza; y se va moviendo luego, como buscando las sombras entre la ya declinante luz de este atardecer; hasta que a pocos pasos de aquí, en la propia calle Rincón, cae finalmente sobre la vereda, en el asesinato misterioso, para no levantarse más, mientras el sacerdote Souberbielle, que pasaba en ese momento por él lugar, le da la absolución.

Aquí guardaba sus volantes.
La historia proyecta ahora sobre el callejón su rara sombra alargada, que se aviene indudablemente con él; y le pone, mientras nos alejamos, lo que le faltaba para su contenido de leyenda, el puñal, las sombras y el silencio.

Enrique Ricardo GARET
(Especial para EL DIA)

Publicado el 4 de Enero de 1960.

 

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Fuimos hasta el lugar para tomar unas fotos actuales pero encontramos una mampara que nos impidió el paso, justo llegó un auto y en apenas unos segundos pudimos ver que dentro se mantiene casi igual que en las fotos de 1960.

Mapa: