A finales de la década del 50 en la esquina de Soriano y Yaguaron (hoy Aquiles Lanza) la automotora SPOSITO y Cía. le encomendó al arquitecto Vázquez Rolfi la creación de un edificio de exposiciones. Gracias a un grave problema técnico en la estructura se decidió que en una pared del establecimiento se realizara el que para ese momento era el Mural mas grande de Montevideo.

El artista al cual se le dio la fortuna y la responsabilidad de crear el mural fue Carlos Páez Vilaro. La anécdota cuenta que la forma de pago fue un auto 0k. Hoy mas de 60 años después el edificio ya no pertenece mas a la SPOSITO y Cía, pero la empresa actual, Arredo, tomo hace algunos años la muy buena decisión de restaurar el mural y mostrarlo a todo el publico que lo quiera apreciar. 

Luego de este pequeño prologo informativo pasamos a leer un texto publicado en el año 1960 donde el arquitecto del edificio nos cuenta algunos detalles y razones de como se llego a realizar esta obra que la buena fortuna nos permite seguir apreciándola: 

mural 01 

Un arquitecto, una pared, un pintor. 

En un edificio que construye el Arquitecto H. Vázquez Rolfi para la firma SPOSITO y Cía., en la calle Yaguarón y Soriano se ha pintado el mural más grande de esta ciudad de Montevideo. El hallazgo nos llevó a entrevista al Arquitecto en su casa de la calle Guayabos donde se nos manifestó dinámico y dispuesto, tal su ha­bitual personalidad. Después de las palabras de práctica pasamos cómo fue posible hacer realizar este mural en una casa colectiva, si bien son completamente actuales tienen sin embargo un profundo arraigo humanista no desprovisto de cierto lirismo. No solo considera el funcionalismo aplicado de la arquitectura, sino que cree firmemente que esta: rama de las artes incluye en sus planteamientos la realidad de los mo­mentos que vive la cultura.

Cronista.  —  ¿Cómo sé da una obra de esa envergadura en un edificio exclusivamente comercial? 

Arquitecto.  —  La explicación está en la misma obra. Está allí como testimonio de que bien pueden  encontrarse en un momento determina­do, dos manifestaciones del arte que desde los orígenes se complemen­tan; la Arquitectura y la Pintura. Y el inconveniente comercial qué usted insinúa como factor negativo se anula cuando se encuentra aún en las relaciones comerciales la comprensión necesaria como es el caso de el Sr. Espósito.

Cronista.  — ¿Cómo nació la idea? 

Arquitecto.  — La concepción de una genialidad es a veces pro­ducto de una necesidad imperiosa. Lo que le resta bastante prestigio al talento y le da un color de “casualidad”. Un grave problema técnico obligó a agotar recursos. Y el resultado fue el Mural. Una vieja idea por años acariciada se me impuso en esta obra. En un viaje a México quedé fuertemente impresionado por los murales de Ri­vera, de Orozco y otros pintores que dejaron los muros de su patria, no sólo la historia de las revoluciones, sino un poderoso testimonio de cómo se  puede enseñar a amar o a querer la tierra en que se ha nacido y como a la vez pueden hallarse los elementos que propenden a la cul­tura popular, haciendo útil al arte para la convivencia con el pueblo de quien procede.

Cronista.  —  Vale decir que usted tuvo en cuenta el sentido humano del Arte. 

Arquitecto.  — Soy producto de una sociedad a la que me debo. No pue­do omitirla cuando en mis manos esté el poder hacer alguna alusión sobre todo si es constructiva. Le aclaro que no es el primer mural que se pinta en el Uruguay.

Cronista.  —  ¿Usted cree que este mural  es como los demás?

Arquitecto.  —  No. Este mural tiene su sentido y su razón de ser que va más allá de lo hecho. Su  concepción fué en base a una realidad objetiva y de una necesidad ambiental.

Arquitecto H. Vázquez Rolfi

Arquitecto H. Vázquez Rolfi

Su  tema: TRÁFICO, ya es bas­tante elocuente. En efecto fue previsto como un gran mundo ciudadano en el cual no faltara ningún dato del momento en que fué ejecutado. Una reminiscencia de las Paredes de Egipto o de los Incas o los Mayas como usted quiera pero sobre todo una realidad; Testimonio de circunstancias dramáticas de la vida ciudadana. Y   sí, también como un mensaje desci­frable para el común hombre de la calle, de color, de anécdota, de des­cripción y de reencuentro. Sí. De identificación y descubrimiento. Esta  no  es una pared más pintada por el pintor que más murales pintó en el Uruguay.  No es una obra más de Carlos Páez Vilaró. Es simple­mente una pared que contiene un pedazo de nuestra ciudad visto con colores de optimismo, de euforia, de ganas de vivir y de fe. De fe que se acrecienta en los detalles; en los tranvías, en los colegiales, en las garitas de  los agentes de tráfico o en los letreros luminosos que se ven en la pintura.  

No es un mural más donde la casualidad dio la oportunidad a un artista; es en cambio una parte indivisuable de un edificio que para cumplir con una función que si  no es de orden edilicio, sin embargo, tiene una poderosa fuerza de convicción: trascender el límite interior de un salón de exposiciones para salir al encuentro del que pasa por la vereda y abre la puerta de su coche en un momento determinado, para hundirse levemente en un mundo casi irreal que sirve de alivio a la tensión diaria de la era moderna. 

Es un refugio o un descanso, una tregua entre el raudo pasar de los cohetes a la luna, la inflación y  lo político. Y  sobre todo es haber sa­cado a la calle para ponerlo en manos del caminante, una parte de los tesoros que guardan celosamente las pesadas puertas de los museos, tan adustas y tan celosas que quitan la oportunidad de pasar por ellas a  quienes no han tenido, la oportunidad de cultivarse para entender al arte.

Revista Sesenta, 1960 

 

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Vista actual del mural en la tienda Arredo (foto tomada de google maps)

 Queda pendiente pasar por el local para tomar algunas fotografías y hacer alguna filmación (si es que está permitido obviamente)