Un cartel municipal anuncia el inminente retorno a la plaza Independencia de la puerta de la Ciudadela. La Ciudadela comenzó a vivir hace 216 años (278 ahora), ya que la piedra fundamental de su mole fue descendida en mayo de 1742.

Unos cuarenta años, más o menos, fueron necesarios para dar término a aquella poderosa fábrica de piedra defensiva, piedra de siete varas de espesor y once de alto. A toda esa masa pétrea, que defendía una ciudad que ya por sí sola (su forma de península) estaba defendida de la mejor y más fácil manera, ponía entrada y salida un portón guarecido en la reciedumbre de una portada de piedra, de la misma piedra que le servía de cintura, granito gris oscuro, a lo largo de un foso, lleno de entradas y salidas, con veinte varas de ancho y quince de profundidad.

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La puerta tenía su asiento en el eje de la actual calle Sarandí —por entonces. San Carlos—. y poseía un rastrillo y puente levadizo para facilitar el tránsito de lo que entraba o salía de la ciudad de San Felipe y Santiago, fundada dieciséis años antes, un poco a regañadientes, por don Bruno Mauricio de Zabala, un vasco militar que tenía un brazo menos de los que Blay le puso a la estatua que Montevideo le ha erigido en medio de la plaza que lleva su nombre, patio arbolado, gloria de palomas, sobre el que se edificara el Fuerte, que vivió desde 1766 hasta 1889, y fue residencia del Gobierno, de la Tesorería, de la Biblioteca Nacional y de cantidad de reparticiones públicas.



LA PUERTA MISMA
Las necesidades de la ciudad hicieron que el muro fuera horadado por dos lados: los portones de San Pedro (más o menos en el eje de esta calle (la actual de 25 de Mayo, a la altura de Bartolomé Mitre) y el Nuevo, emplazado entre la Ciudadela y el Cubo del Sur, casi en la costa. Esos eran los portones de la muralla, que encerraba la Ciudadela, cuya puerta, tres tan dilatada ausencia, volverá pronto al sitio de su antiguo emplazamiento, que es sobre la plaza, paralela a la actual calle Juncal, en el eje, como lo dijimos, de la de Sarandí, cerrándola, pero luego de atravesar la calle que la separa de la plaza, que entonces era, en casi su mitad, el área de la Ciudadela. Ya que hacia el Este se extendía, poco más ó menos, desde Juncal hasta la calle que ha quedado con el nombre del recinto fortificado: Ciudadela.

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La Ciudadela era de forma casi cuadrada, artillada con veintidós piezas hacia el campo y veintiocho por el lado contrarío.

Desde aquel 1 de mayo de 1742 en que Fray José Javier Cordobés le echó su bendición, el empeño de las autoridades militares españolas fue dar término de una vez a aquella defensa demasiado grande para tan diminuta población en plena adolescencia.

Esta gran portada, con puente levadizo, mira al Oeste, hacia la calle Sarandí, teniendo el frente como cincuenta varas, abarcando el ancho que hoy tiene la Plaza Independencia, desde el frente del café Tupí-Nambá (hoy desaparecido por el espantoso edificio ciudadela), hasta donde don Albano Meyer y su socio tienen hoy en dia instalado el incansable café Suizo debajo de los antiguos altos de Sívori. (también desaparecido)

Otras tantas varas tenía de fondo, viniendo a dar éstos sobre la línea de entrada del ya demolido edificio donde por añares se alojó el cambio y loterías del inolvidable don Antonio Fassanello.

La Ciudadela era de dos pisos, con escalera en los dos ángulos del fondo. Cerrándolo al medio, lo que ahora daría para 18 de Julio, estaba la Capilla, que se veía desde que uno entraba por la portada que ahora se vuelve de la escuela de Artes y Oficios, tal vez diplomada en algo, tras tan largo curso, para plantarse, aunque desprovista de murallas, en el sitio que la vio nacer y demoler de la manera más vandálica del mundo.

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Demolición de la ciudadela.


UN POCO DE PUERTA
Porque lo que viene no es la puerta tal cual la puerta fue. Son pedazos de puerta que se salvaron del malón que se sometió contra la parte amurallada de la ciudad. Malón ordenado por gentes insensibles, a las que no se les ocurrió que conservando aquello hubieran dotado a la ciudad de una inestimable reliquia histórica y un monumento artístico de primer orden.

Todo pasó bajo la piqueta, y la piqueta ya habíase puesto a masticar esta portada, destrozándola sin ton ni son, cuando alguien se le ocurrió pedir que la puerta fuera apartada para reconstruirla en otra parte. Así se hizo, no obstante haberse perdido piezas que no podrán nunca reponerse, y fue adosada a los fondos de la actual Universidad del Trabajo, en el viejo edificio que ocupará por años y años —luego de su múdense de la calle 18 y Eduardo Acevedo— la llamada Escuela de Artes y Oficios, donde iban a dar los infanto-juveniles incorregibles.

 

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Puerta de la Ciudadela en la Escuela de artes y oficios.


La Ciudadela, integralmente, subsistio hasta 1833. Para entonces la ciudad había reventado, al expandirse, el cinturón de piedra, y las calles comenzaban a dar curso a la edificación por los terrenos que habían sido destinados únicamente para su defensa.

La Ciudadela, en la parte de su patio de armas, fue convertida en Mercado; se horadó la capilla para establecer la comunicación con una ciudad —la Nueva—, que le había crecido a las espaldas.

Y en 1879 vino a demolerse la Ciudadela. El Mercado había pasado al edificio que especialmente se le construyó, Mercado Central (hoy desaparecido), inaugurado por Dn. Lorenzo Batlle, cuando su presidencia. Y la puerta, ante la cual se rindieron las tropas inglesas y españolas, marchó al exilio, por las inmediaciones del antiguo saladero de Ramírez, que dio nombre a la popular playa de la Estanzuela.
 
Arturo Pereira
Revista Mundo Uruguayo, Numero 2052, año 1958

 

 
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Vista de la puerta de la ciudadela en la década del 60

 

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 Vista de la puerta de la ciudadela en alguna noche del 2019