Esta en un extremo de la plaza independencia, pregonando desde las 8 de la mañana hasta las diez de la noche las excelencias de los Kande suizos que vende: unos caramelos parecidos al turrón que gozan de todas las simpatías de los paseantes infantiles.
 
Su clientela - niñeras y chiquilines golosos - no lo ha bautizado todavia con un nombre de guerra, por mas que el adopte aptitudes de guerrero para pregonar la mercancía y para cortar los caramelos con una elegante hachita.
 
Bien es cierto que no es poeta como el Kageneau de pero las generaciones que van probando sus Kande le quedaran seguramente reconocidas y las niñeras no han de escatimarle sus mas dulces sonrisas en cambio de los caramelos que vende y de los piropos que prodiga.
 
Nota publicada en la revista Rojo y Blanco en el año 1901
 
kande suizo
Vendedor de Kande Suizo en Plaza Independencia (foto, Rojo y Blanco)
 
Compartimos otra optica de la misma historia pero por Milton Schinca en Boulevard Sarandí (Tomo V)
Fue en la misma Plaza Independencia, y por el Novecientos, cuando aparecen un día unos caramelos rosados y duros, que nadie había conocido jamás. Los ofrecía un señor rubio y de guardapolvo blanco impecable y gorrita no menos impoluta, quien en su pésimo español les explicaba a los transeúntes que aquéllos, rosados, eran unos caramelos de origen suizo, fabricados por él, suizo también, y que se llamaban “kande”, palabra no menos suiza que se escribía con “k” suiza.
 
Instalado en la Plaza, daba a probar pedacitos de kande cortados con una diminuta hacha –seguramente suiza–, con la que iba trozando la larga tira rosada del caramelo que él mismo había fabricado con misteriosos ingredientes que no revelaba. Y el hombre cayó en gracia y fue bien recibido por la chiquilinada novelera que pronto se aficionó a la golosina; aunque su éxito mayor fue con las niñeras que acompañaban a los párvulos, ya que el helvético resultó un piropeador de primera y dueño de una pinta que encontró gran aceptación entre nuestras muchachas.
 
De aquel predicador de golosinas ignoradas no se supo más nada. Tal vez haya retornado a la patria del kande; pero sus caramelos se quedaron aquí, ya que adquirieron carta de ciudadanía entre los montevideanos. Tal vez porque los kandes, por ser suizos, servían para recordarnos que éramos, cómo no, la Suiza de América, ese otro caramelo sonrosado que tantos uruguayos supieron saborear con tan ingenua fruición.