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Hay cierto  cruce  cuyo  paisaje  urbano  simboliza como  pocos el sincretismo arquitectonico que es uno de los perfiles mas marcados de la capital uruguaya.  Es la confluencia de las calles Guayabo y Frugoni, allí donde termina la peatonal que corre entre la universidad y la Biblioteca Nacional. la preside un monolito en memoria de Francisco Antonio Maciel -aquel primer filantropo  de  la  provinciana  ciudad  colonial-  que murió  en  ese  lugar preciso  el 20 de  enero  de  1807, cuando los montevideanos repelían las invasiones inglesas.

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El ciclón del pasado domingo da actualidad a estos grabados. No se habrá olvidado el tremendo temporal de agua y viento que se nos vino encima a la hora mas inoportuna, es decir, a la hora en que las playas estaban llenas de bañistas y las calles y plazas se veían concurridas por nuestras mas bellas paseantes. Y nos especializamos con ellas, por que fueron ellas las que sintieron mas intensamente el brusco cambio del tiempo.

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La costumbre coloquial de reunirse para intercambiar ideas, polemizar, reflexionar, filosofar, o simplemente dialogar constituye una rica y larga tradición uruguaya. La misma no cesó ni siquiera durante el largo y oscuro período de la pasada dictadura. En esas condiciones nada propicias fueron unas cuantas las tertulias que surgieron en Montevideo, aunque a quienes no conozcan los detalles de esta historia les pueda parecer mentira.

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Ya en el siglo VI a.c. Anaxímenes de Mileto aplicaba el término "fortuna" a aquel elemento de la vida que el hombre no puede calcular de ninguna manera. Aunque en los últimos veinticinco siglos no ha faltado quien afirmara que el hombre trabajador y talentoso puede conducir por sí mismo las cosas sin necesidad de dejarlas libradas a la suerte, la tentación de apostar a ese elemento imprevisible ha sido una constante del género humano.

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Estamos acostumbrados al privilegio de tener a mano una hermosa y larga rambla, que abarca todo el litoral de la ciudad, así como playas urbanas accesibles y variadas. Por eso nos cuesta imaginar un escenario diferente en nuestra ribera platense. Olvidamos que en 1920 todavía no existía la rambla, y una década después aun Malvin y Carrasco eran lejanos balnearios. Les invitamos a hacer un viaje imaginario hacia el pasado, remontando la evolución de las viejas playas montevideanas hoy desaparecidas.

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Por poco que se hable de Montevideo, el titulo dice al menos avisado que nos referimos al casco viejo de la Muy Fiel y Reconquistadora. Al conglomerado urbano disperso entre las cincuentaidos manzanas, cuna de pueblo e historia; lengua de tierra y piedra que avanza hacia el mar, cerrando Ia hermosa bahía. Al tramo que en 1819 albergaba 7116 almas, incluidos 1745 africanos esclavos, hábitat y sepulcro, por que la vida activa Iatente entre calles y techos dormía el ultimo sueño bajo, los pisos de Ia inconclusa Iglesia Matriz.

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Durante sus largas campañas, Napoleón 1ro que era un excelente jinete y se mostraba incansable montando a caballo —especialmente cuando las circunstancias lo requerían— contaba con un haras exclusivamente a su servicio, cuyos anímales eran obviamente de excelente calidad, desde que provenían de selecciones realizadas con extremo cuidado por verdaderos expertos en la materia y de obsequios ofrecidos por reyes y magnates "a ese semidiós de la guerra cuyos imbatibles ejércitos avanzan de victoria en victoria amenazando someter a toda Europa".

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Un encendedor que lanza agua al ser accionado, un asiento de goma que produce un comprometedor ruido al sentarse sobre él, un líquido que cae sobre la ropa y desaparece a los tres minutos. Un “calentador” de asientos, un dispositivo que explota dentro de los cigarrillos, bombas de humo y de mal olor. Lapiceras y libros que explotan, cajas que se abren y disparan una lluvia de papel picado. Disfraces y máscaras.

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En su tomo de poesías Para las seis cuerdas (Buenos Aires, Emecé, 1965) Jorge Luis Borges dio a conocer, una serie de cantos a la manera popular, desprovistos de todo artificio académico. Dijo, al respecto, en el prologo del citado volumen: “En el modesto caso de mis milongas, el Iector debe suplir la música ausente por la imagen de un hombre que canturrea, en el umbral de su zaguán o en un almacén, acompañándose con la guitarra. La mano se demora en las cuerdas y las palabras cuentan menos que los acordes".

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La calle Rio Branco se encuentra en el centro de Montevideo y tiene apenas una extensión de 7 cuadras desde 18 de Julio hasta la Rambla Portuaria Franklin D. Roosevelt. En ella podemos ver supermercados, panaderías, almacenes, kioscos, hoteles, agencias de viaje, casas de cobranza, la radio El Espectador, y muchas cosas mas, pero seguramente la calles es transitada mayoritariamente por quienes viven en las afueras de Montevideo ya que al final de la calle se encuentra la Terminal Baltasar Brum, mejor conocida como la Terminal de Rio Branco.

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Que los uruguayos, son los buenos Juanes de Sud-América, se experimenta desde el principio, cuando uno se dirige al consulado para hacer visar el pasaporte. Los uruguayos lo tratan a usted como a un huésped y como a un caballero, a menos que pruebe lo contrario.

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El Cerro de Montevideo generó el nombre de nuestra capital y siempre ha sido símbolo heráldico en nuestros escudos. Si bien está fisonómicamente documentado desde el siglo XVIII, hay muy pocos datos de cómo era su paisaje antes de la conquista y durante los dos siglos transcurridos entre su descubrimiento por Magallanes (1520) y la fundación de Montevideo (1726).

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El 17 de marzo de 1913, con una sencilla ceremonia que consistió en la lectura de la orden general número 1155 del Estado Mayor del Ejército, emanada del Ministerio de Guerra y Marina, se dio por inaugurada la Escuela de Aviación Militar en un potrero de la estancia Santo Domingo, hoy Campo Militar N21 del Ejército, cercano a Los Cerrillos, Canelones.

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Es bien conocida la relación entre nuestra ciudad y los ruidosos y simpáticos tranvías. Ha sido documentada al detalle, desde aquella etapa inicial "de caballitos" hasta la primera mitad del siglo xx, marcada por el reinado del tranvía eléctrico. De lo que no se ha escrito ni hablado tanto es de la peripecia vivida por el competidor de los coches sobre rieles: el ómnibus, que a la larga iba a ser quien ganara la partida.
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